En el vasto panorama del cristianismo, pocas preguntas generan tanto debate como la relación entre el protestantismo reformado y el catolicismo romano.
¿Son simplemente dos ramas del mismo árbol? ¿O existen diferencias tan fundamentales que impiden considerarlos como expresiones del mismo evangelio?
Desde una perspectiva reformada, esta pregunta no es meramente académica, sino profundamente espiritual y pastoral.
En este artículo, abordaremos con respeto, pero con firmeza bíblica, por qué el catolicismo romano no puede considerarse una expresión verdadera del cristianismo bíblico.
Un llamado a la claridad y al amor
Antes de entrar en materia, es importante subrayar que esta reflexión no pretende atacar a personas católicas.
Muchos católicos son sinceros en su fe, y algunos incluso pueden ser verdaderos creyentes a pesar de los errores doctrinales de su iglesia.
El propósito de este artículo es examinar las enseñanzas oficiales del catolicismo romano a la luz de las Escrituras, con el deseo de que la verdad del Evangelio brille con claridad y que muchos sean guiados a la libertad que hay en Cristo.
El Evangelio: ¿Qué es?
El apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, escribe con una urgencia inusual.
Desde el primer capítulo, lanza una advertencia solemne:
“Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.”
— Gálatas 1:8
Este versículo es clave para entender la postura reformada frente al catolicismo romano.
Pablo no deja lugar a ambigüedades: cualquier alteración del evangelio de Jesucristo es anatema, es decir, maldito.
¿Y cuál es ese evangelio que Pablo predicó?
Es el mensaje de la justificación por la sola fe en Cristo, sin obras de la ley (Gálatas 2:16).
El problema central: La doctrina de la justificación
La Reforma Protestante del siglo XVI fue, en esencia, una recuperación del evangelio bíblico.
Martín Lutero, Juan Calvino y otros reformadores se opusieron a la enseñanza católica de que la justificación es un proceso en el que el hombre coopera con la gracia de Dios mediante obras, sacramentos y méritos personales.
La Iglesia Católica Romana, en el Concilio de Trento (1545–1563), condenó explícitamente la doctrina de la justificación por la sola fe.
En el Canon IX del Decreto sobre la Justificación, se afirma:
“Si alguno dijere que el impío es justificado por la sola fe… sea anatema.”
Este anatema, pronunciado contra la doctrina central del evangelio bíblico, coloca al catolicismo romano en una posición de oposición directa a la enseñanza apostólica.
Para la teología reformada, esto no es un desacuerdo menor, sino una distorsión del corazón mismo del cristianismo.
La suficiencia del sacrificio de Cristo
Otra diferencia fundamental radica en la comprensión del sacrificio de Cristo.
La Escritura enseña que el sacrificio de Jesús fue único, perfecto y suficiente para la salvación de los creyentes:
“Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.”
— Hebreos 10:12
Sin embargo, en la misa católica, se enseña que el sacrificio de Cristo se re-presenta de manera incruenta cada vez que se celebra la Eucaristía.
Aunque el catolicismo afirma que no se trata de una repetición, sino de una actualización del único sacrificio, en la práctica se convierte en una negación de su suficiencia.
Desde la perspectiva reformada, esta práctica contradice la enseñanza bíblica de que Cristo murió “una sola vez para siempre” (Hebreos 9:28), y que su obra fue completa y perfecta.
Añadir cualquier cosa a ese sacrificio —sea la misa, las obras, o los méritos de los santos— es, en palabras de Pablo, predicar “otro evangelio”.
La autoridad suprema: Escritura vs. Tradición
Otra diferencia esencial entre el catolicismo romano y el cristianismo reformado es la fuente de autoridad.
Mientras que los reformadores proclamaron el principio de Sola Scriptura —la Escritura como única regla infalible de fe y práctica—, el catolicismo sostiene una doble fuente de autoridad: la Escritura y la Tradición, ambas interpretadas por el Magisterio de la Iglesia.
Esto ha llevado a la introducción de doctrinas que no tienen fundamento bíblico, como:
- La inmaculada concepción de María.
- Su asunción corporal al cielo.
- La infalibilidad papal.
- El purgatorio.
- La intercesión de los santos.
- La transubstanciación.
Estas enseñanzas no solo carecen de base bíblica, sino que muchas veces contradicen directamente la Palabra de Dios.
Por ejemplo, 1 Timoteo 2:5 declara:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.”
La veneración de María y los santos como intercesores ante Dios es, por tanto, una práctica que desvía la atención del único mediador verdadero.
La Iglesia verdadera: ¿Dónde está?
La Confesión de Fe de Londres de 1689, que representa fielmente la teología reformada bautista, enseña que la iglesia verdadera es aquella donde se predica fielmente el evangelio, se administran correctamente los sacramentos (bautismo y Cena del Señor), y se ejerce la disciplina eclesiástica conforme a la Palabra de Dios.
Cuando una comunidad religiosa enseña un evangelio diferente, añade requisitos humanos a la salvación, y se aparta de la autoridad de las Escrituras, deja de ser una iglesia verdadera en el sentido bíblico.
Puede conservar estructuras, liturgias y símbolos cristianos, pero ha perdido la esencia del evangelio.
¿Qué hay de los católicos sinceros?
Es importante distinguir entre el sistema doctrinal del catolicismo romano y las personas que lo profesan.
Muchos católicos no conocen en profundidad las enseñanzas oficiales de su iglesia, y algunos confían sinceramente en Cristo como su único Salvador.
La teología reformada reconoce que la salvación es por gracia mediante la fe, no por pertenecer a una denominación específica.
Sin embargo, esto no debe llevarnos a minimizar los errores doctrinales del catolicismo romano.
Amar a nuestros prójimos católicos implica también decirles la verdad con amor (Efesios 4:15), señalando las diferencias esenciales y llamándolos a confiar únicamente en Cristo y su obra perfecta.
El llamado de la Reforma sigue vigente
La Reforma Protestante no fue un evento histórico aislado, sino un movimiento que continúa llamando a la iglesia a volver a las Escrituras y al evangelio de la gracia.
En un tiempo donde la confusión doctrinal abunda, es más necesario que nunca proclamar con claridad:
- Que Cristo es suficiente.
- Que la fe es el único medio de justificación.
- Que la Escritura es la única autoridad infalible.
Conclusión
Desde una perspectiva reformada, el catolicismo romano, al añadir obras, sacramentos y tradiciones humanas al evangelio, ha caído en el error que el apóstol Pablo denunció con tanta fuerza en su carta a los Gálatas.
No se trata de una diferencia menor, sino de una cuestión de vida o muerte espiritual.
Sin embargo, esta crítica no debe ir acompañada de orgullo ni desprecio, sino de humildad, oración y amor.
Nuestro deseo no es condenar, sino invitar a todos —católicos incluidos— a volver a la simplicidad y la pureza del evangelio de Jesucristo, quien murió y resucitó para salvar completamente a todo aquel que cree.
“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.”
— Gálatas 5:1